Psicología positiva y Resiliencia: Comprendiendo las fortalezas del ser humano

Elaborado por: Camilo Quintana (Voluntario dando+)

  1. Introducción.

La psicología tradicional ha concentrado su mayor esfuerzo al estudio de los aspectos negativos de la salud mental, es decir, al estudio de los trastornos mentales y la forma de abordarlos. El interés por los aspectos positivos de la salud mental es relativamente reciente. En este contexto es que surgen los conceptos de resiliencia y de psicología positiva, los cuales han permitido a la psicología salir de un enfoque de la enfermedad y dirigirse hacia un enfoque de la salud, o, dicho de otro modo, de un enfoque centrado en las debilidades hacia un enfoque centrado en las fortalezas del ser humano.

El presente trabajo dilucidará parte del impacto de la psicología positiva dentro del tema de resiliencia. En primer lugar, partiremos definiendo el concepto de resiliencia para luego explicar su relación con la psicología positiva. En segundo lugar, nos centraremos en analizar tres aportes de la psicología positiva al tema de la resiliencia.

2. El concepto de resiliencia dentro de la psicología.

La resiliencia se ha vuelto un concepto muy conocido y estudiado dentro del área de la psicología y las ciencias sociales, y proviene del latín resilio, que significa saltar hacia atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar. Este término fue extraído del campo de la ingeniería civil, donde se entiende la resiliencia como la capacidad de un objeto de recuperar su forma original luego de haber sido sometido a una presión deformadora. En sus principios, el estudio de la resiliencia en psicología y psiquiatría procedió del ámbito clínico, específicamente de la voluntad por conocer sobre la naturaleza y el desarrollo de la psicopatología, especialmente de los niños en riesgo de desarrollar psicopatología debido a enfermedades mentales de los padres, problemas perinatales, conflictos interpersonales, situaciones de adversidad, pobreza o una combinación de varios de estos factores (Iglesias, 2006). 

Aunque la resiliencia se ha definido de muchas formas, implicando diferentes factores, una de las definiciones más convenientes a nuestro propósito es la definición brindada por Grotberg (1995), quien la describe como la capacidad humana universal para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e incluso ser transformados por ellas. Esta definición austera parece adecuada como punto de partida por dos razones. Primero, la resiliencia no es una capacidad dispuesta por determinadas personas, sino que es común a todos los humanos, como dice la Asociación Americana de Psicología (American Psychological Association) al respecto: “la resiliencia es ordinaria, no extraordinaria” (2016). Segundo, podemos identificar que la resiliencia involucra dos fenómenos: el enfrentamiento frente a una adversidad y la superación de esa situación. En este sentido, podemos observar la resiliencia como una capacidad y un resultado.

Uno de los problemas más importantes dentro de la investigación sobre este tema es el referido a la carencia de una teoría unificada, aunque no podemos negar ciertos avances. Por una parte, Masten y Garmezy (1985) señalan que la resiliencia se vincula con tres factores. (a) El temperamento y los atributos de personalidad del individuo, donde se incluye el nivel de actividad, la capacidad reflexiva cuando afronta nuevas situaciones, las habilidades cognitivas y la responsividad positiva hacia otros. (b) Los aspectos de su familia: cariño, cohesión y la presencia del cuidado de un adulto que asume un rol parental en ausencia de padres responsivos. (c) Las características de su amplio ambiente social: la disponibilidad de apoyo social en sus múltiples formas. Por otra parte, cabe indicar que Kumpfer y Hopkins (1993) consideraron la existencia de siete factores que constituyen la resiliencia: optimismo, empatía, insight, competencia intelectual, autoestima, dirección o misión, y determinismo y perseverancia.

Es importante indicar que, según las investigaciones en este campo, no es un número inferior o imperceptible aquel número de personas que, ante eventos potencialmente traumáticos, reacciona de forma resiliente. Según datos empíricos de Bonanno (2005),  entre 35% y 55% de personas actúan ejerciendo esta capacidad humana. Estos datos obligaron a cambiar la visión dramática de la psicología tradicional acerca de los acontecimientos adversos o traumáticos y comprender que gracias a las fortalezas del ser humano estos eventos no siempre generan traumas, porque la capacidad resiliente muchas veces permite al ser humano salir airoso de la adversidad. Es decir, el individuo consta de una facultad que le permite ajustarse saludablemente a la adversidad.

3. Psicología positiva y resiliencia.

Es en esta perspectiva salutogénica, según la cual se entiende a la salud no como falta de enfermedad sino como bienestar y florecimiento, que actualmente los estudios sobre resiliencia se han desplazado al campo de la psicología positiva. Esta última se centra en los aspectos positivos de la salud mental, principalmente la felicidad o bienestar, dejando atrás los aspectos negativos, centrados en la enfermedad, que es a lo que la psicología más se ha dedicado (un claro ejemplo lo encontramos en el desarrollo de la  psicología clínica que se enfocó desde sus principios en el estudio y tratamiento de trastornos y enfermedades mentales).

La psicología positiva fue definida por Seligman y Csikszentmihalyi (2000) como “una ciencia de la experiencia subjetiva positiva, rasgos individuales positivos e instituciones positivas que permiten mejorar la calidad de vida y prevenir las patologías que surgen cuando la vida es árida y sin sentido” (p. 5). También queda definida como el estudio científico de las fortalezas y virtudes humanas, las cuales permiten adoptar una perspectiva más abierta respecto al potencial humano, sus motivaciones y capacidades (Sheldon y King, 2001), incluye asimismo virtudes cívicas e institucionales que guían a los individuos a tomar responsabilidades sobre su comunidad y promueve características para ser un mejor ciudadano (Seligman y Csikszentmihalyi, 2000). La resiliencia ha analizado la forma como el individuo enfrenta las circunstancias negativas, y cómo de ellas saca todo lo positivo que tiene para superar las situaciones traumáticas o difíciles. La psicología positiva, de modo semejante a la resiliencia, plantea que hay que centrarse en los aspectos positivos de la salud mental; mientras que la psicología tradicional se ha centrado especialmente en lo negativo, en relación con el estudio de la patología. Es decir, hay características positivas y fortalezas humanas que actúan como elemento protector del individuo y son elementos que previenen los trastornos mentales (Poseck, 2006). Por tanto, la psicología positiva insiste en la construcción de competencias y en la promoción y prevención.

4. Las emociones positivas como herramienta para el desarrollo de la resiliencia.

Fredrickson (2001) consideró que dentro de la psicología positiva era ineludible hacer un lugar a las emociones positivas. Dado ello, propuso la teoría de la ampliación y la construcción, la cual postula que las experiencias de emociones positivas amplían los repertorios momentáneos de acción mental de la gente, lo que a su vez sirve para construir recursos personales duraderos, que van desde recursos físicos e intelectuales hasta recursos sociales y psicológicos. La teoría sugiere que las emociones positivas, aunque sean fugaces, también tienen consecuencias más duraderas. Desde esta perspectiva, las emociones positivas son vehículos para el crecimiento individual y la conexión social. En otras palabras, mediante la construcción de los recursos personales y sociales de las personas, las emociones positivas transforman a las personas para mejor, dándoles mejores vidas en el futuro. 

Más específicamente, la teoría de la ampliación y construcción sugiere que las emociones positivas son elementos esenciales para un funcionamiento óptimo del individuo. Como tal, la capacidad de experimentar alegría, interés, satisfacción y amor puede ser interpretada como fortalezas humanas fundamentales que producen múltiples beneficios interrelacionados. Por ejemplo, favorecen a nivel cognitivo al individuo, podemos considerar el incremento de la atención, la mejora de la memoria, una mayor fluidez verbal y apertura mental hacia nueva información. A nivel fisiológico, las emociones positivas promueven la salud, por ejemplo, Fredrickson y Levenson (1998) han mostrado la relación entre emociones positivas y menor ansiedad.

Más allá, las emociones positivas estimulan y construyen resiliencia, o sea, ellas serían un elemento positivo ante la adversidad y favorecedores del surgimiento de la resiliencia. Por ejemplo, un mayor nivel de felicidad, se relacionaría con una mayor protección ante la depresión y la ansiedad; asimismo, una mejor perspectiva de futuro ante una situación problemática o conflictiva provendría de las emociones positivas; todo ello facilitaría la resiliencia. Como indican Fredrickson et al. (2003) las emociones positivas son un elemento esencial que hacen que las personas no caigan en la depresión ante acontecimientos traumáticos, y con ello se hagan más resilientes, y, a su vez, puedan incrementar sus recursos psicológicos de afrontamiento. Entonces, la capacidad de experimentar emociones positivas es una herramienta esencial para promocionar el proceso de resiliencia, este es un mecanismo protector ante situaciones de adversidad (Greco et al., 2007).

Aunque realmente la resiliencia y la psicología positiva son conceptos distintos, también es cierto que tienen elementos en común. Y, más aún, los propios estudios de la resiliencia han propiciado en cierto modo, junto a otros factores, el surgimiento de la nueva conceptualización de la psicología positiva. Por ello, cada vez veremos más unidos uno y otro concepto junto al también equivalente de la psicología positiva que se ha propuesto recientemente de fortaleza o fortalezas humanas.

5. Psicología positiva 2.0: hacia una comprensión multidimensional de la resiliencia.

En los últimos años, está desarrollándose lo que se ha denominado una segunda ola de la psicología positiva. El psicólogo Paul Wong (2012), promotor de esta nueva corriente, señala que la psicología positiva está en continuo cambio, y ya no es aquella planteada por Seligman a finales del siglo XX. A partir de las críticas a la psicología positiva como estudio parcializado de la psicología, e influenciado por la psicología existencial, Wong ofrece una nueva forma de conceptualizarla. Él reconoce las preocupaciones existenciales y el lado oscuro de la existencia humana. En este sentido, la psicología positiva 2.0 (PP 2.0) se preocupa por cómo sacar lo mejor de los individuos y de la sociedad, a pesar de (y por) el lado oscuro de la existencia humana, a través de los principios dialécticos del yin y el yang (Ivtzan et al., 2015).

En la nueva ola de la psicología positiva, la resiliencia se vuelve un concepto central. Los cuatro pilares de la PP 2.0 son la virtud, el sentido de vida, el bienestar y la resiliencia;  sin estos ingredientes es imposible sobrevivir y florecer (Wong, 2011). Paul Wong enfatiza que la resiliencia es un proceso complejo y multifacético, para él, esta se compone de siete dimensiones: cognitiva, transaccional, conductual, motivacional, existencial, relacional y emocional. Asimismo, señala que la voluntad de vivir es la clave para la resiliencia, y, en concordancia con Frankl (1946/1985), define la voluntad de vivir como la voluntad de sentido. En correspondencia a esto último, las siete dimensiones de la resiliencia se relacionan con el sentido y propósito de vida. Por estas razones, Wong (2012) propone una nueva aproximación al concepto de resiliencia enfocado en la voluntad de vivir, la cual consiste en tener sentido y propósito, y en la capacidad de transformar lo negativo en lo positivo.La aproximación de Wong (2012) se basa en la interacción entre tres módulos de una triada positiva: los principios PURE de una vida con significado, las estrategias ABCDE de la resiliencia, y los cinco elementos del optimismo trágico (Figura 1).

Figura 1. Tríada positiva de la sobrevivencia y el florecimiento centrado en el sentido, como sistema dual de acercamiento y evitación (Adaptado de Wong & Wong, 2011)

En primer lugar, los principios PURE son propósito, entendimiento, responsabilidad y goce. El tener un propósito de vida sería un factor motivacional e implica centrar las acciones de uno en un objetivo o dirección. Para Wong y Wong (2011) es la clave más importante para la resiliencia. Por su parte, el entendimiento es un factor cognitivo que involucra ser conscientes del mundo que rodea a uno, y, más importante, de quién es uno y qué habilidades tiene, lo que resulta importante en su vida y el significado de sus acciones. A su vez, la responsabilidad es un factor conductual que se definiría en actuar en concordancia con su moral, sus valores y su propósito. Por último, el disfrute es un factor afectivo el cual depende en gran medida de los factores anteriormente señalados, el sentirse bien es un efecto claro de realizar acciones acordes su propósito y entendimiento. No obstante, los momentos difíciles en la vida deberán llevar a las personas a adoptar las estrategias ABCDE o, en la situación más extrema, reflexionar sobre sus propósitos y entendimientos. 

En segundo lugar, las estrategias de resiliencia ABCDE comprende cinco acciones para afrontar aquellos momentos negativos: (1) aceptar las situaciones que no pueden ser modificadas, (2) afirmar los ideales y valores centrales de uno, (3) moverse hacia adelante y realizar las responsabilidad de uno con determinación, (4) descubrir o aprender algo nuevo sobre uno mismo o la vida, (5) disfrutar los resultados positivos o reevaluar el progreso de uno. 

En tercer lugar, el optimismo trágico es un módulo especializado para afrontar adversidades extremas. Extrae las fortalezas de los otros módulos para estar compuesta por: el coraje para la aceptación de lo peor y la posibilidad de hacer frente a ello, la afirmación del valor y significado de la vida, la auto-trascendencia (altruismo para poder conectar con otras víctimas, ayudarlas y trabajar juntas para sobreponerse a la situación), y la fe en Dios u otros.Cómo hemos planteado anteriormente, un problema entorno al estudio de la resiliencia es la falta de una teoría unificada. Por ello, la aproximación centrada en el significado resulta una contribución, ella representa una teoría holística e integrativa para entender la resiliencia. Wong (2012) sostiene que su aproximación toma en cuenta factores ecológicos, sociales y culturales, así como las siete dimensiones de la resiliencia. En otras palabras, su propuesta es más global, ya que toma en cuenta más factores, y más compleja que las otras perspectivas. Dentro de ello, percibe en mayor medida el carácter dinámico de la resiliencia. En este sentido, es interesante señalar que el optimismo trágico es un módulo especializado utilizado para enfrentar adversidades extremas y eventos catastróficos. Siguiendo el ejemplo de desastres naturales, un terremoto impacta aleatoriamente a las personas, como señalan Wong y Wong (2011) “las cosas horribles suceden a la gente buena, y la tragedia puede golpear sin ninguna notificación” (p. 604). En un momento tan difícil, la resiliencia comienza con el coraje de aceptar la situación que sucede al propio individuo. La creencia en el valor intrínseco y el significado de la vida evita que la gente se hunda en la depresión o se suicide en este contexto catastrófico. Tener fe en Dios o en la creencia de un rescate próximo mantiene la esperanza viva. La auto-trascendencia conecta a los individuos que sufren con otras víctimas en la solidaridad de ayudar a otros y trabajar juntos para superar traumas devastadores.

6. La promoción de la resiliencia.

En la perspectiva de observar a la salud no simplemente como un fenómeno de tratamiento de enfermedades, sino también como la prevención de ellas y la promoción del bienestar, la psicología positiva se ha enfocado en la promoción de la resiliencia como una capacidad que promueve la salud. Seligman (2012) señala que la resiliencia debe fomentarse, ya que las investigaciones han descubierto que la depresión, la ansiedad y problemas conductuales pueden reducirse a través del entrenamiento de resiliencia. 

Por otra parte, este autor señala que al enfrentarse a eventos traumáticos (como guerras, desastres naturales, violación sexual, entre otros) la vía correcta de solución no es centrarse en el trastorno de estrés post-traumático que pueda surgir, sino que propone enfocarse en el crecimiento post-traumático (Seligman, 2012). La corriente americana entiende que este concepto está estrechamente relacionado al de resiliencia, aunque no es sinónimo de ella, ya que, al hablar de crecimiento postraumático no sólo se hace referencia a que el individuo enfrentado a una situación traumática consigue sobrevivir y resistir sin sufrir trastorno alguno, sino que además la experiencia opera en él un cambio positivo que le lleva a una situación mejor respecto a aquella en la que se encontraba antes de ocurrir el suceso (Calhoun y Tedeschi, 2000). Desde la perspectiva francesa, sin embargo, sí serían equiparables crecimiento postraumático y resiliencia (Cyrulnik, 2013). En conclusión, la psicología positiva aporta al tema de la resiliencia, poniendo énfasis en su promoción. Ya en Estados Unidos, Seligman ha construido programas piloto con soldados, a los cuales se les “entrena” para ser resilientes con el objetivo de evitar el surgimiento de trastornos de estrés post-traumático producto de la actividad bélica.

Conclusiones. 

Este trabajo se ha enfocado en tres de las contribuciones que ha hecho la psicología positiva al tema de la resiliencia. En primer lugar, apreciamos la importancia que tiene el vincular las emociones positivas dentro del marco de la resiliencia, proceso que no se había tomado tan específicamente antes. Históricamente, señala Bonanno (2004), la aparición y potencial  utilidad de las emociones positivas en contextos adversos había sido considerada como una forma poco saludable de afrontamiento y como un impedimento para la recuperación. Sin embargo, recientemente, la investigación ha puesto de manifiesto que las emociones positivas son mecanismos habituales para enfrentar situaciones adversas. En segundo lugar, existen esfuerzos para construir una teoría unificada de la resiliencia y entenderla en todas sus dimensiones y complejidad. Aunque la propuesta hecha por Paul Wong (2012) recién esté en ciernes, apreciamos un nuevo enfoque que contribuye significativamente al área. En tercer lugar, la psicología positiva, dentro de la lógica de la salud como prevención y promoción, está poniendo un énfasis en fomentar la resiliencia; es importante observar que esta promoción se esté dando a un nivel institucional.

Referencias bibliográficas

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